
Una mirada fugaz, felina, entrometida. El placer de mirar sin ser visto. De mirar por mirar como dos amantes se aman, de como una mujer se viste, como una mujer se baña... El placer de mirar como ella entrelaza sus dedos en su pelo dorado. Esa adrenalina ante la duda, "¿me verá?"
Ella, con un libro en las manos, leyendo, pero pensando en él sin saber que él la mira, que la desea, que la ama, que desea probar cada centímetro de su piel. Ella es la dueña de cada uno de sus pensamientos. Él es dueño de cada uno de sus pensamientos.
Él continua mirándola, ansioso de sentir su respiración sobre su pecho. Sabe que cada paso que de se arriesga a ser visto, pero necesita acercarse mas y mas. Quiere ser la sombra de su amada, quiere dejar de ser cauteloso y no tener descuidos para poder ser parte de ella sin ningún tipo de barrera o impedimento.
Ella.
Y ella le vió. El placer de haber sido descubierto en su eterno escondite se convierte en temor. Un temor inimaginable. El miedo de que ella huya de él.
Él se acerca a ella. Ella. Ella con su piel, con su pelo, con sus ojos... y la besa. Un beso largo, cálido. Un beso que sabe a miradas y a secretos. Sabe a deseos. Sabe a esperanza. Sabe a verdad.
Ella.
Ella y El.
